Cada año, este almuerzo se convierte en una de las citas más especiales del calendario de la Fundación. No sólo por lo que representa —un gesto de cercanía y reconocimiento hacia quienes trabajan día a día por mejorar la vida de los demás—, sino porque nos recuerda que la acción social no se detiene ni siquiera en los días festivos. Al contrario: se hace más necesaria, más visible, más humana.
He podido compartir mesa y conversación con personas de una entrega admirable. Representantes y usuarios de asociaciones que conozco bien, con las que colaboramos desde hace años: Ápice Epilepsia Sevilla, Asociación La Casa de Todos, Fundación Proyecto Don Bosco, Economato Social María Auxiliadora, Asociación Niños con Amor, Economato y Comedor Social de Triana, Fundación Prodean, Asociación Alameda para los Mayores, ONG Cooperación Internacional, Asociación de Personas Sordas de Sevilla, Onna Adoratrices, Asociación de Parkinson de Sevilla y la Asociación DACE (Daño Cerebral Adquirido), entre otras. Cada una de ellas, con su historia, con sus retos, con su compromiso silencioso que no busca reconocimiento, sino resultados.
Gracias también a los voluntarios y voluntarias de nuestra Fundación, que han estado al lado de los asistentes, regalando su tiempo y su cariño. Y gracias, sobre todo, a quienes acudieron hoy con una sonrisa.
En la Fundación Cajasol creemos profundamente que la cultura, la tradición y la fiesta sólo tienen verdadero sentido si se comparten con todos. Por eso, abrir las puertas de nuestra Caseta es una forma más de entender nuestro papel en la sociedad: cerca de las personas, siempre al servicio del bien común.




