La hora de las inversiones y las reformas

En este agosto atípico de un año tan convulso y extraño me permito compartir una nueva entrega de mis reflexiones sobre el complejo panorama macroeconómico que tenemos por delante. Y lo hago con el mismo espíritu constructivo que inicié este improvisado serial a pesar de los muchos sobresaltos y malas noticias que digerimos cada día. Sin embargo, creo que también las grandes causas históricas, y esta es seguramente de las mayores, bien merecen este esfuerzo colectivo.

Hay que admitir que la coyuntura cambiante de la pandemia nos atropella y nos inquieta una y otra vez, pero creo sinceramente que ya hemos culminado una importante fase de la crisis y nos adentramos, a partir de septiembre, en la más trascendental de todas ellas. En un primer momento, lo urgente era un plan de choque para contener el derrumbe económico y proteger a los sectores sociales más vulnerables, mientras que lo que toca ahora es entrar de lleno en la reconstrucción. Hay, por tanto, que diseñar programas de transformación socioeconómica de amplio alcance aprovechando los importantísimos fondos comunitarios que se han asignado a España.

Hay que celebrar en este sentido que la UE, que antes de la pandemia se debatía en una dura crisis existencial y de identidad tras la salida del Reino Unido, haya estado a la altura, marcando y liderando el camino a seguir en las dos etapas de esta situación de emergencia. El debate de los 27 ha sido intenso para conciliar todos los intereses, era de esperar, pero finalmente se han pactado las inversiones necesarias, cerca de dos billones de euros, y se han mutualizado las pérdidas derivadas de la pandemia con la primera emisión conjunta de deuda. Pero es que, además, se han aprobado por unanimidad las prioridades a seguir para transformar la economía comunitaria en el sentido de una Europa más verde y digital. Unos acuerdos que, en definitiva, resucitan un proyecto europeo que muchos daban por muerto.

En España nos jugamos mucho. Estamos a la cabeza en cuanto al impacto de la pandemia, con una caída del PIB del 22% en el primer semestre y un cierre a finales de año que no bajará del 10% en la mejor de las hipótesis. Por suerte, la destrucción de empleo, aunque elevada, no ha seguido la pauta de otras crisis en cuanto a su correlación con la bajada de producción gracias a los planes de contención.

Cuando volvamos a la actividad en septiembre, siempre que la crisis sanitaria esté bajo control y lo permita, entramos pues en una etapa de la reactivación crítica que exige un gran acuerdo de estado o, en su defecto, el consenso más amplio posible. La gravedad de la situación trasciende las viejas dinámicas del enfrentamiento político y los ciclos económicos y nos invita a una nueva forma de ver y entender el futuro desde la cooperación. Y todos debemos asumir este compromiso, en lo personal y desde las instituciones en las que trabajamos. Es lo que tenemos claro en la Fundación Cajasol.